lunes, 27 de febrero de 2017

Vaho



Taza de té humeante entre las manos
Fuera llueve
Ya hace tiempo que cayó la noche
Dentro llueve
Ya hace tiempo que calló el tiempo

Frente muda sobre cristal frío
Fuera silencio
Mirada perdida en un fondo muerto
Dentro ciego
Ya hace tiempo que calló el sueño




parawallo
27 de febrero de 2017

martes, 20 de octubre de 2015

Un instante (II)



- Mírame a los ojos.

El pasillo era testigo de ropas que fueron arrancadas con pasión.

- No puedo parar de hacerlo.

Las sábanas yacían en el suelo, víctimas de un encuentro vigoroso.

- Míralos.

Los cuerpos, sudorosos y exhaustos, se entrelazaban sin pausa.

- No quiero parar de mirarlos.

Las manos recorrían los cuerpos, encontrándose en sus caminos.

- No quiero que dejes de hacerlo.

Los labios húmedos se encontraban con rabia y las lenguas se buscaban en el juego más lascivo.

- Prefiero cegar antes que no poder verlos.

Los sexos, perplejos, volvían a responder a los estímulos.

- Prefiero arrancármelos antes que no poder verte.

Las uñas arañaban la piel en la fogosidad del momento.

- No me sueltes, no dejes que me vaya.

Apretándose, entregados al vicio de los sentidos.

- No te sujeto, sé que no te irás.

Caricias en los brazos, en los rostros, en los muslos, en las espaldas, en los pechos, en los sexos.

- No quiero irme, hoy me quedo.

Penetrando en las entrañas. Tensando los sentidos.

- No te vayas, quédate siempre.

Agarrando el pelo, tirando. Mordiendo los labios, apretando.

- Hoy es siempre, disfrutémonos.

Revolcándose en las sensaciones, deleitándose en los placeres carnales.

- Recordémoslo.

Vaciándose entre gemidos. Estremeciéndose al sentir cálidos fluidos.

- Cada detalle.

Los corazones entregados a punto de estallar.

- Hagámoslo eterno.

Los cuerpos, sudorosos y exhaustos, se entrelazaban sin pausa.

- Mírame a los ojos.
- No quiero parar de mirarlos.
- No me sueltes, no dejes que me vaya.
- No te vayas, quédate siempre.
- Hagámoslo eterno.
- Cada detalle.




parawallo
20 de octubre de 2015

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Un instante



Miraba hipnotizado aquellos ojos transparentes como el agua clara, sumido en una paz más allá de la consciencia, una tranquilidad que escapaba de lo racional. Pensando en cómo hacer eterno ese instante lleno de verdad.

Los dos cuerpos que un segundo antes estaban relajados uno junto al otro sobre la cama, se pusieron tensos con el primer contacto de los labios húmedos, saboreándose sin limitaciones. Mordisqueando. Chupando. Lamiendo. Sintiendo.

Gemidos que se van sucediendo con cada roce de la piel.

Miradas furtivas llenas de deseo carnal.

Dedos que estremecen los cuerpos con cada caricia.

Sexos reclamando atención sin ningún pudor.

Cómplices de la excitación y esclavos del placer.

Sin pasado ni futuro.

Presente palpable y real.

Sentir como único objetivo.

Una parte de sus corazones se entregaba con cada movimiento rítmico, empeñado en satisfacer y ser satisfecho.

Reacción química abstracta que hace uno lo que era dos. Conscientes. Absortos. Sorprendidos.

Íntimos.

Tensión extrema previa a la relajación total.

Sacudida y desconcierto.

Sumisión a lo irrefrenable.

Piel.

Mucha piel.

Toda la piel.

Sensaciones olvidadas que renacen caprichosas en la mente sin poderlo evitar.

- ¿Marchas?

Ecos del final de un presente que se torna eterno en el alma cuando ya es pasado.

- Debo.

Pasado que se reivindica en los recuerdos para tornarlo en presente.

- ¿Para siempre?

Recuerdos imborrables que rescatan sonrisas perdidas entre gemidos de placer.

- Es posible.


parawallo
30 de septiembre de 2015

lunes, 31 de agosto de 2015

caminar estático



Miraba con la calma y tranquilidad de otro tiempo perdido en los confines de los siglos. Le asaltaban recuerdos de un futuro que siempre imaginó y nunca llegaba.

Sensaciones no vividas que le eran familiares.

Realidades ajenas a la verdad.

Alrededor todo se desarrollaba de manera vertiginosa e inexplicable. Le parecía imposible poder saborear, disfrutar o vivir algo a esa velocidad.

Llegar antes de partir.

Sí, llegar antes de partir...

No llegaba tarde, si no que todo pasaba antes de suceder.

Un adiós sin un hola.
Un final sin principio.
Un amanecer de ninguna noche.
Una muerte sin vivir.

Sin pasión ni compasión ante un entorno que lo ignoraba en su ignorancia.

Vueltas y más vueltas hacia el mismo lugar, hacia el punto de partida, hacia el inicio continuo de tiempos que pasan pasando el tiempo que nunca pasa.

Ridícula continuidad amarrada como mula a una noria, que pisa y pisa sus pisadas, hasta que hay que rellenar el surco de los pasos para que no se haga tan profundo que ya no pueda caminar. Sin importar cuántas pisadas pisó o pisará, cuantos giros giró o girará, cuantos despertares despertó o despertará.

Bebé anciano que ya murió porque pasaron doscientos años al nacer, y que vino en el instante en que su descendencia ya era un árbol genealógico convertido en una selva, donde los progenitores se pierden en una maraña de ancestros enterrados por los siglos ya pasados antes de su nacimiento.

El estómago se le revolvió con la costumbre de algo que ya no se siente porque sucede desde hace una eternidad.

Abrió las fauces sin pestañear y, de nuevo, vomitó un cuco astiado que berreó y volvió a su lecho para descansar otros tres mil seiscientos segundos.

Como siempre.

Sin saber cuánto hacía

Sin saber cuánto hará.

Impasible.

Implacable.


parawallo
31 de agosto de 2015

miércoles, 19 de agosto de 2015

el tejado



Costaba más mantenerla en pie que tirarla y hacerla de nuevo. Hasta cinco especialistas se lo dijeron. Pagar una máquina era la mejor solución y, en menos de una mañana, todo sería escombros.

No era lo que él quería.

Se trataba del hogar en el que vivieron sus bisabuelos, sus abuelos y sus padres. En el que pasó infancia y adolescencia.

No tenía dinero, pero tenía tiempo. Todo el tiempo del mundo.

Empezaría por el destartalado tejado. Quitaría una a una las tejas. Después eliminaría la amalgama de tierra y cañizo, desmontaría las carcomidas vigas de madera y, poco a poco, sanearía muros y paredes. Volvería a montar vigas nuevas, el armazón, y colocaría una a una las tejas que quitó. Una vez hecho esto, las puertas, las ventanas o la cocina y el baño, sería coser y cantar.

Se durmió con estos pensamientos.

No lo pensó dos veces. Fue al patio trasero, lleno de años de hojarasca, tierra y telarañas. Allí estaba la vieja escalera de madera colocada sobre el muro. Siempre estuvo allí. Nunca supo por qué, pero nunca nadie la quitó.

En cada escalón sentía como si la energía de sus ancestros le entrara por los pies llegando hasta el corazón. Más que nunca estaba convencido que era lo que debía hacer.

Pisó las tejas con extremo cuidado y pronto se dio cuenta de que el tejado estaba más robusto de lo que había pensado.

Comenzó a quitar las tejas. Las apilaba en pequeños montoncitos de seis o siete. Sin prisa. Con cariño. Sintiéndolas. Acariciándolas.

Cuando quiso darse cuenta ya tenía levantado casi un tercio de la cubierta y el sol había alcanzado su cénit, incidiendo de lleno sobre su cabeza. Pensó que ya había llegado el momento de descansar y bajar a comer algo. Miró satisfecho los innumerables montoncitos de tejas repartidos sobre la parte ya desnuda del tejado y echó un vistazo a lo que aún le quedaba, sonriendo.

De repente, un reflejo le cegó. Entrecerró los ojos y vio algo brillar en el otro extremo del tejado. Se acercó con una inexplicable excitación. Levantó una teja y allí, ante sus sorprendidos ojos, impoluta, brillaba una antigua harmónica Hohner de blues.

No daba crédito.

¿Quién pudo colocar allí aquella joya? ¿Por qué? ¿La escondía? ¿De quién?

Se sentó y la cogió entre sus manos.

Comenzó a imaginar.

Sabía que su bisabuela murió dando a luz a su abuelo. Pero era lo único que sabía. Nunca nadie en la familia quiso hablar del tema más allá de ese hecho.

Pensó en su bisabuelo. Con su único hijo recién nacido. Triste. Solitario.

Le vino de nuevo la imagen: Allí estaba la vieja escalera de madera colocada sobre el muro. Siempre estuvo allí. Nunca supo por qué, pero nunca nadie la quitó.

Esa escalera tuvo que colocarla allí su bisabuelo. Sin duda debió ser él.

De alguna manera adquirió aquella harmónica y ella fue su consuelo.

Le imaginó en las madrugadas, con su abuelo ya dormido, subiendo la escalera, caminando por el tejado, levantando la teja con cuidado, cogiendo la harmónica y sentándose. Probablemente en el lugar donde él mismo estaba sentado.

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. De manera inconsciente comenzó a acariciar la harmónica.

Cerró los ojos.

Siguió imaginando a su bisabuelo acercando la harmónica a los labios y comenzando a soplar tristes melodías de dolor, de melancolía, de añoranza, de amor arrancado y pesadumbre.

Era capaz de oírla.

Imaginó que esa era la verdadera historia de aquella harmónica. Que era la historia de su bisabuelo. De aquel padre que con el eco de aquellas tristes melodías mantenía el sueño de su hijo. Que era la agridulce historia de su familia, desde entonces hasta ese mismo instante en el que él estaba sentado en el tejado con la misma harmónica de su bisabuelo entre las manos. Y si no era así, para él siempre lo sería.

Sintió cómo una lágrima recorría la mejilla y su cara.

Por instinto, acercó la harmónica hacia sus labios.

Comenzó a soplar tristes melodías de dolor, de melancolía, de añoranza, de amor arrancado y pesadumbre.

Despertó.


parawallo
19 de agosto de 2015

jueves, 6 de agosto de 2015

presencia



Se le apreciaba un cuidado peinado de peluquería. Ni el más mínimo atisbo de barba se intuía en la tersa piel. El gesto, tranquilo, terminaba adornado por una indefinible sonrisa que recordaba la de Mona Lisa

Camisa blanca impoluta, que lucía un hermoso cuello Valentino almidonado.

Corbata verde esmeralda con nudo Windsor perfecto.

Traje italiano verde oliva.

Chaqueta totalmente abrochada y ajustada al atlético cuerpo. Solapas de pico, un poco separados del busto. Mangas que dejaban al descubierto los puños Trampolín de la camisa.

Pantalón con un ligerísimo toque de holgura. Perneras, algo pesqueras, que permitían intuir unos calcetines ejecutivo negros, ocultos tras unos sencillos zapatos Oxford del mismo color.

Salvo un cinturón trenzado, también negro, con hebilla clásica dorada; no tenía ningún adorno, ningún complemento. Ni un pisacorbatas o un pañuelo en la solapa. Ni tan siquiera un reloj, o una pulsera, o un anillo en alguno de sus cuidados dedos con reciente manicura.

Como era de esperar, la tapa se cerró y, respetando su última voluntad, fue incinerado.

parawallo
06 de agosto de 2015

lunes, 3 de agosto de 2015

tu belleza
mi locura



Ojos.
Profundos, puros, sinceros.
Bellos.

Mirada.
Limpia, transparente, desarmante.
Bella.

Boca.
Linda, coqueta, pícara.
Bella.

Sonrisa.
Tierna, risueña, envolvente.
Bella.

Voz.
Pausada, tranquila, serena.
Bella

Cuerpo.
Esbelto, imán, excitante.
Bello...

Bella...

Tan bella...

Belleza.
Locura.
Tu belleza es mi locura.
Locura por tu belleza.



parawallo
13 de julio de 2015

lunes, 10 de agosto de 2009

palabras



Palabras luchando por no morir.
Palabras escondidas tras la jerga.
Palabras enmudecidas por las cotidianas.
Palabras huyendo del desconocimiento.
Palabras enmohecidas en el desván de las palabras.
Palabras sin fuerzas para volver a ser palabras.
Palabras tristes entre otras tristes palabras.
Palabras otrora populares que ahora son inexplicables palabras.
Palabras atolondradas, perdidas entre mezquinas palabras.
Palabras exactas, inservibles por servir inexactas palabras.
Palabras ocultas por malsonantes palabras.
Palabras bellas convertidas en repugnantes palabras.
Palabras de seda y algodón, para momentos de ternura, son maltratas y expulsadas por feroces palabras.
Palabras de dulce caramelo, para niños sonrientes, son chantajeadas sin miramientos por amargas palabras.
Palabras delicadas, que acarician para calmar el dolor, son pulverizadas por hirientes y horrendas palabras.
Palabras esbeltas y de extrema riqueza son ensombrecidas por chapuceras y bochornosas palabras.
Palabras que por sí solas expresan más que mil palabras son pisoteadas por calamitosas y renqueantes palabras.

Palabras que fuisteis arrojadas al saco roto de las auténticas palabras, poneos las alas y volad para admirar cómo sois de bellas.

parawallo
10 de agosto de 2009

jueves, 6 de agosto de 2009

paranoia



Estaba inmóvil, sentado en el sillón, con la espalada erguida y las rodillas flexionadas en un perfecto ángulo de noventa grados, los pies juntos, la mirada fija en el teléfono situado sobre la mesa que había pegada al sillón. Las manos, también inmóviles, extendidas sobre sus muslos. De vez en cuando, el dedo índice de su mano derecha se movía rápidamente arriba y abajo, no más de tres o cuatro segundos, golpeando el muslo. Era lo único con movimiento dentro del minúsculo salón; ni siquiera los párpados se movían para pestañear, como si no quisiera parar de mirar al teléfono ni una millonésima de segundo. Tampoco había ruido, el silencio absoluto sólo era interrumpido de vez en cuando por el leve sonido del dedo índice golpeando rápidamente su muslo. ¿Cuánto tiempo pasó; una hora, dos; cinco, seis?; quizás más porque sentía hambre y sueño, pero allí seguía, inmóvil y en silencio, sin pestañear, mirando al teléfono.

Tras un rato, que muy bien pudieron ser más horas, el silencio fue fulminado por el estruendo del timbre del teléfono.

Ni parpadeó.

Sonó una vez y calló. Movió el índice y paró justo el instante que el timbre calló. Volvió a sonar y calló. Volvió a mover el índice y paró. Volvió a sonar y calló. Volvió a mover el índice y paró.

¿Cuántas veces sonó; diez, once, doce?

Volvió a sonar y calló. Volvió a mover el índice y paró.

Ya no sonó más.

Volvió a mover el índice y paró. Silencio. Seguía mirando al teléfono. Un minuto, dos, una hora. Volvió a mover el índice y paró. Volvió a mover el índice y paró. Volvió a mover el índice y paró.

De repente, con un movimiento de brazos insultantemente veloz, cogió el teléfono con ambas manos, lanzándolo contra la pared y volviéndolas a la misma posición antes de que aquél se estrellase haciéndose añicos.

Estaba inmóvil, sentado en el sillón, con la espalada erguida y las rodillas flexionadas en un perfecto ángulo de noventa grados, los pies juntos, la mirada fija en la mesa donde un instante antes había estado el teléfono. Las manos, también inmóviles, extendidas sobre sus muslos.

Volvió a mover el índice y paró.

Volvió a mover el índice y paró.

parawallo
06 de agosto de 2009

miércoles, 5 de agosto de 2009

el lector del banco



La luz del sol se abre paso entre los huecos que dejan las hojas de los árboles, arañándole espacio a las sombras, que se mueven de un lado a otro agitadas por la brisa. El sonido de un carrito de bebé al deslizar sus ruedas sobre la tierra, llega como un susurro lejano que poco a poco se va acercando al banco en el que, sentado, un lector está ensimismado en su lectura. Ante sí, sin quererlo, ve las ruedas y la parte baja del carrito, seguido del andar de unos pies femeninos ataviados con unas chanclas, bajo unas desnudas pantorrillas hasta donde los ojos del lector pueden ver sin levantar la vista de su lectura. El sonido se aleja y desaparece. El lector levanta la cabeza de repente, como si en ese momento la información ya le hubiese llegado y le hiciese reaccionar. Fuera de su mirada cabizbaja pero ahora visible justo frente a él, en otro banco, una persona le mira fijamente, pupila contra pupila, casi atravesándole el cerebro y siendo capaz de ver tras él. Sin quererlo se sobresalta y el corazón le comienza a latir más rápido, con el libro entre sus manos, sin poder bajar la vista, sin poder moverse, sin poder parar de mirar esos ojos profundos, sin expresión, pero hipnotizantes.

De nuevo el sonido de un carrito de bebé al deslizar sus ruedas sobre la tierra, llega como un susurro del mismo lugar por donde desapareció. Sin separar la vista de la persona sentada frente a él, aparece en su campo de visión la capota del carrito, unas manos femeninas empujándolo y, tapándole la visión del extraño, la cintura y el busto de la mujer. Al pasar ésta, el lector sacude la cabeza perplejo. En el banco ya no había nadie, ni rastro, como si se hubiese evaporado. En ese momento, un rayo de luz que se abrió paso entre los huecos dejados por las hojas, ayudado por la brisa, incidió directamente en sus ojos, lo que provocó que instintivamente bajara la cabeza y allí, entre sus manos, continuaba el libro abierto.

Siguió leyendo: “[…] De nuevo el sonido de un carrito de bebé al deslizar sus ruedas sobre la tierra, llega como un susurro […]”.

parawallo
05 de agosto de 2009

jueves, 9 de octubre de 2008

reflejos en la oscuridad



La poquísima luz rojiza del atardecer que entraba al dormitorio por el escaso hueco que dejaban las cortinas, apenas servía para trazar una línea que se deslizaba sin pudor, dejando al descubierto, y sin poderse esconder, cualquier secreto que la oscuridad hubiese podido dejar bajo su manto, como si quisiera partir en dos todo aquello que encontrara a su paso.

De la mesilla había conseguido como presa una de sus patas que, huérfana del todo que sustentaba, hacía un curioso efecto a la vista. La alfombra blanca ahora parecía el cable incandescente de un funambulista invisible que caminara a sujetarse de la barra anaranjada colocada en la nada en que se convirtió la pared, que encajaba a la perfección con la otra barra en la que se había convertido el techo y que parecía esperar que se aferraran a ella con fuerza las manos de un gimnasta que estuviera haciendo una pirueta en la oscuridad. Entre el espacio indescifrable e indeterminado que había entre el cable del funambulista y la barra del gimnasta, flotaba una bombilla apagada que tal vez formara parte de una lámpara, pero que ahora sólo era capaz de hacerse ver sin capacidad para hacer ver.

Como si de un conejo salido de la chistera de un mago se tratara, se empiezan a duplicar simultáneamente el cable, las barras, la pata y la bombilla. Casi en ese mismo instante y proyectado desde la barra de la pared, otro haz de luz se desplaza por culpa del espejo interior de la puerta de un armario, que se ha abierto de par en par sin dejar la oscuridad aún descubrir por qué.

Tras pararse el espejo con brusquedad, muy lentamente comienza a desplazarse hacia el lugar de donde vino y a reflejar nuevos invitados que permanecían ausentes en la escena.

La pata huérfana de la mesilla es acompañada por otra de una cama y parte de su colcha. Sentada sobre ésta se adivina la figura encorvada de una mujer y lo poco que se puede ver de su rostro no está con ella, si no que está en el espejo. No es apenas nada pero transmite mucho: una pupila vidriosa, un pómulo joven y una comisura sonriente.

El espejo vuelve a moverse y, durante un segundo, alumbra una mano que sostiene un papel manuscrito, en cuyo borde inferior se puede leer “Te quiero hoy y te querré siempre”.

El sol se pone por completo y la oscuridad se adueña de todo.

parawallo
09 de octubre de 2008

viernes, 3 de octubre de 2008

calla - otorga



Muchas ciudades sobremasificadas aplican el “Calla–Otorga” como hábito de vida y convivencia, y el “Da igual” como norma de actuación. Un paso sí, y otro también, sus habitantes ven injusticias, abusos, ilegalidades, tropelías, vejaciones, atropellos y demás incívicas delicias de una sociedad antisocial.

La respuesta típica a todo esto es cerrar la boca, mirar para otro lado y esquivar procurando que no salpique. Como resultado a esta actitud, aceptamos sin rechistar y como algo normal, e incluso lógico, esas injusticias, abusos, ilegalidades, tropelías, vejaciones, atropellos…

Seamos o no autores de esas incívicas delicias de una sociedad antisocial, si utilizamos el “Calla-Otorga” como pauta de actuación, nos convertimos en partícipes y cómplices de ello. Esto suele ser lo habitual y el efecto que provoca es que, si no se cierra la boca ni se mira para otro lado, el orco de la sociedad antisocial se eleva veinte metros sobre tu cabeza y la sombra que provoca te absorbe y te engulle, convirtiendo lo normal en no habitual y por tanto raro y digno de hacer desaparecer.

¿Es lo que queremos?

Analizando cómo se mira el televisor, de qué manera sus contenidos, llenos de injusticias, abusos, ilegalidades, tropelías, vejaciones, atropellos y demás delicias de una sociedad antisocial, hacen un callo en las conciencias y, no sólo se ve tranquilamente sin despertar ni un atisbo de remordimiento, si no que para que haya audiencia estos contenidos se multiplican y lo único que provocan es que la sociedad sea más antisocial; como digo, analizando todo esto la respuesta es que SÍ, es lo que queremos.

Es lo habitual pero, ¿es lo lógico?

La respuesta es rotunda y bien sencilla: NO.

El orco de la sociedad antisocial tiene la sombra muy grande pero muy débil y con firmeza en “No Callar-No Otorgar-No Dar Igual” esa sombra se diluye como si cien soles la alumbraran a la vez.

Eso sí, sin levantar la voz.

parawallo
03 de octubre de 2008

miércoles, 1 de octubre de 2008

nada será igual



Aquel hombre era, por encima de todo, la mejor persona del mundo. Se fue para nunca más volver y el vacío que dejó es imposible de llenar ni tan siquiera una micra.

Como legado dejó a todos su amor. A mí, con mucha tristeza, me llegó el mejor regalo posible, su pasión hecha realidad: sus bicis.

La de montaña me devolvió la vitalidad, la alegría, las ganas de respirar, la sonrisa, el placer de sentir la brisa en el rostro y el placer de moverme con el simple empuje de mis piernas. Pero más gratificante aún que todo esto eran otras sensaciones más allá de lo racional, era empuñar el mismo manillar que empuñó él, era cambiar con el mismo cambio que cambió él, era inflar las mismas ruedas que infló él, era frenar con los mismos frenos que frenó él…; era ir montado en la misma bici que montaba él.

La usé a diario como mi medio de transporte y la bauticé con el nombre de Santiaga, como el suyo: Santiago.

Cuando subía en ella siempre tenía la sensación de que no iba sólo, él iba conmigo, siempre, acompañándome con su sonrisa, acompañándome con su tono campechano, acompañándome con su alegría, acompañándome con su amor, como si nunca se hubiera ido.

Después de más de 4000 kilómetros juntos, ayer Santiaga dijo que no quería llevarnos más, que había sido un placer el desplazarnos con tanta alegría pero había llegado su fin. Santiaga partió su cuadro y con él partió mi corazón y mi alma.

Habrá otras, lo sé, porque también es mi pasión como era la de él y en breve la sustituiré; pero Santiaga era Santiaga, única, con su historia conmigo, con su historia con nosotros, con su pasado con él.

Me llegó con mucha tristeza y con mucha tristeza se va.

parawallo
01 de octubre de 2008

lunes, 29 de septiembre de 2008

el vuelo de los ángeles



A los habituales se les identifica al instante porque rápidamente están leyendo su libro o tecleando su agenda electrónica.

A los que comienzan se les ve esa inconsciente sonrisa perpetua por lo que se avecina.

A los que finalizan se les adivina en sus miradas perdidas las instantáneas que recuperan de su cerebro; en su rostro se dibuja una mueca mezcla de satisfacción por lo recién vivido y tristeza porque ya acabó.

Los niños alborotan, tocan e investigan todo, sin preocuparse si para ellos es el principio o el fin, sólo les importa saber para qué sirve este botón, qué es esa palanca, qué significa esa luz o por qué esas personas de uniforme no paran de ir de acá para allá por el pasillo mirando a todo el mundo.

Poco a poco, unos y otros dejan de conformar ese caos controlado que supone situarse donde debes en un espacio tan reducido en el mínimo tiempo posible. El movimiento va disminuyendo hasta casi desaparecer por completo y la calma sólo se ve interrumpida por esas personas de uniforme que no paran de ir de acá para allá por el pasillo mirando a todo el mundo.

Las puertas se cierran. Los altavoces empiezan a escupir un sonido nasal, parecido a una voz, que resulta muy difícil de traducir a cualquier lengua conocida pero que, sin duda, significa que todo está preparado y en orden.

Los habituales siguen leyendo o tecleando sin inmutarse, como si estuvieran cómodamente en el sofá de sus casas.

Los que comienzan giran su cabeza a un lado y a otro, con excitación, como analizando y diseccionando todo lo que les rodea.

Los que finalizan miran con nostalgia mucho más allá de lo que se puede ver.

Los niños siguen preguntando por ese botón, esa palanca, esa luz; y continúan intrigados con esas personas de uniforme que no paran de ir de acá para allá por el pasillo mirando a todo el mundo.

Tras el último giro los corazones siempre laten de otra manera. Todas las miradas se parecen. Hasta los habituales despiertan de su éxtasis y alzan la vista un instante para mirar al exterior. Esa pareja que aún no ha cumplido una semana de casados, y que inicia su luna de miel, entrelaza sus manos mirándose sonrientes y satisfechos. Los niños se hunden en su asiento y callan, mientras se preguntan dónde estarán esas personas de uniforme que no paraban de ir de acá para allá por el pasillo mirando a todo el mundo.

Por encima de las cabezas, junto a los ahora mudos altavoces, unas ráfagas de aire frío comienzan a salir con más fuerza.

Confusión.

Resplandor.

Oscuridad.

Silencio.

Dolor.

Vacío.

Nada.

Dedicado a la memoria de todas las víctimas del vuelo JK5022 de Spanair y a cualquier persona que directa, indirecta o psicológicamente se haya victo afectada por la catástrofe.

parawallo
21 de agosto de 2008

viernes, 26 de septiembre de 2008

el baile de las piedras



vigeland park (oslo)


Todo retratado con escrupulosa lealtad. Pareciera que el espectador fuera el invitado de piedra y la piedra invitara al espectador diciéndole: "deja tu sueño de mentiras; ven a disfrutar plenamente de nuestras emociones".

En un imposible de incrementar aún más el delirio de los sentidos, las gotas de lluvia se acercan al lugar para asear sus cuerpos de posibles contaminaciones externas, impregnándolos de una belleza cegadora y consiguiendo lo increíble de provocar que se agiten, liberando sus músculos de su rigidez eterna.

La explosión de risas, llantos, voces, susurros, confesiones, planes y silencios; aturden. Los movimientos, suaves o convulsos; asustan. Las miradas hipnotizan. El baile paraliza.

Cuando algo es infinito descuartiza el tiempo y lo hace desaparecer; y sin tiempo no hay reacción; y sin reacción todo sorprende; y al sorprender revienta el cerebro; y al reventar el cerebro todo es primario, todo son sensaciones.

¿Y qué sucede cuando todo son sensaciones?

Los cuerpos se unen, se acarician, se escrutan, se investigan, se interpretan, se llenan y se vacían, se agarran con fuerza y se escurren entre si, se amoldan, haciendo un solo cuerpo que se siente y asciende alimentado por sus propios sentimientos hasta donde la vista lo pierde.

Y es entonces cuando deseas unirte a él, y con él reír, llorar, gritar, susurrar, confesar, planear, callar, mirar, acariciar, escrutar, investigar, interpretar, llenarte y vaciarte, agarrar, amoldarte y ascender; volar hasta donde la vista se pierde; sintiendo sin tapujos; desnudo, como sus cuerpos.

parawallo
21 de julio de 2008

jueves, 25 de septiembre de 2008

el corazón y la mente



La inercia de la artificialidad que rodea a los seres, embarcados en la absurda vorágine de un desarrollo confuso, difuso y engañoso, abocado a la involución superlativa más profunda, lleva en muchas ocasiones a dudar y confundir lo que permite que caminemos día a día: El corazón.

En una imperdonable y macabra broma del timo en el que nadamos, a poco que nos descuidemos, se nos olvida sacar la cabeza a la superficie para respirar y la riqueza lingüística juega malas pasadas, al abanderar palabras como obligación, deber, superación, meta y demás términos cuyas acepciones hipotecan el libre latido del motor que debería guiar los destinos.

Corren malos tiempos para el matrimonio corazón - mente.

El corazón se ve relegado, marginado, arrinconado, comprimido, estrujado, zarandeado, vapuleado, maltratado, olvidado y abandonado a su suerte, en un crimen de consecuencias desmesuradas y sólo acorde con el propio e inexcusable acto de obviar el alma de la vida.

Late con menos protagonismo, sin identidad propia, manejado por los hilos del infame y depravado ser que se ha apoderado de la desagradecida mente que él mismo mantiene con sus latidos.

El combustible que se le proporciona está tan adulterado, corrupto y envenenado que, sólo un último esfuerzo por no caer eternamente en las garras de la vorágine del falso bienestar, le lleva a rebelarse y dar un descomunal latido que hace tambalear todo el organismo, hasta el punto de llevarlo al shock más desconcertante; un grito de auxilio y dolor que retumba como un trueno en una cueva y que resquebraja irremediablemente los cimientos del parásito usurpador, que se retuerce revolcándose en su propio odio, resistiéndose a salir de su cómodo hábitat e intentando convencer de la titularidad de una propiedad que le es ajena.

La supremacía de la lógica siempre debe imperar, por eso cuando el dictador abandona su empeño, abdica y se marcha cabizbajo. El corazón sonríe y vuelve a latir con tanta fuerza que pareciera que alimentara también a seres que lo rodean.

La mente debe escuchar al corazón, lo contrario es antinatural.

parawallo
10 de julio de 2008

miércoles, 24 de septiembre de 2008

el fútbol sin tí



El gentío y el bullicio aumentan poco a poco. Las miradas optimistas se cruzan con sonrisas de aprobación y sentimiento cómplice. Las conversaciones versan a favor o en contra de unos u otros e, irremisiblemente, acaban recordando algún tiempo pasado que fue mejor o algún que otro personaje que lo hizo mucho peor o era digno de reality televisivo.

Entre charlas, saludos, abrazos, besos, cánticos y alegría, se van cruzando tragos "con", los más, o "sin", los menos.

Llegado el momento, todo ese gentío y bullicio se va trasladando poco a poco, como un grupo de hormigas que se dirigen a su hormiguero. Al igual que éstas, uno a uno parecería que no sirve para nada, pero una vez todos dentro, en perfecta armonía, se convierten en una máquina que inexorablemente mina la moral de cualquier intruso que ose entrar en el hormiguero a retar a semejante marabunta.

Terminado el reto cada uno vuelve a su origen con la única obsesión de contar las milésimas de segundo que restan para charlar, saludar, abrazar, besar, cantar y reír entre trago y trago antes del siguiente desafío.

Hoy lo mismo da este hormiguero, otro menor o, aún más, que la punta de un alfiler fuera el hormiguero; jamás volverá a estar lleno, siempre faltarás tu.

Para los demás queda la labor de conseguir que, aunque tú ya nunca estés, jamás falte tu empuje; pero eso, aunque difícil, en absoluto debe ser imposible, porque dentro de cada uno existirás para siempre.

Dedicado a Josemi

parawallo
17 de junio de 2008

martes, 23 de septiembre de 2008

la exposición



El tiempo y el espacio son anárquicamente caprichosos, a veces como la teoría del caos del fuego en la que, si nos quedamos mirando cada llama, nunca es igual, por mucho que el conjunto nos parezca siempre el mismo.

Un día nace alguien con un retrato en su mirada. En otro momento, el llanto en un paritorio suena a música celestial. Por allá, en la primera limpieza a un bebé, sus movimientos se hacen rítmicos y parece danzar.

Las vidas de las personas dan tumbos y, en muchas ocasiones, vueltas de campana que no saben dónde las llevarán.

Un puñado de personas se dan cita en un lugar para ver una amalgama de cuadros que tienen en común su autor; ese que nació con un retrato en su mirada. La conjunción de conversaciones entre los diferentes grupos de asistentes se convierte en un bullicio en el que, para hacerte oír, casi tienes que gritar. Varios críos corretean de aquí para allá y se hacen notar por encima de la multitud. De repente surge una figura en un rincón, cual espectro negro que emerge de algún cuadro de la pared y, poco a poco, va tomando forma de mujer. Sus piernas se mueven y sus zapatos provocan un repiqueteo hipnotizante sobre el inapropiado y escurridizo suelo. El tiempo se ha detenido y el silencio absoluto es insultante. Ella es el bebé de aquellos movimientos rítmicos. Gira, da la espalda y extiende la mano hacia la nada, solicitando algo. Entre las pinturas de la pared hay una con objetos sobre estantes. Uno de ellos es una antiquísima radio de válvulas. Como si la punta de los dedos de la delicada mano solicitante de la bailarina la hubiera puesto en marcha, fluye un canto que no rompe el silencio, si no que lo acompaña en un sueño imposible. Al igual que pasó con la bailarina, la voz toma forma de mujer; aquella cuyo llanto era música celestial.

Ni el más sensible de los hipotéticos creadores hubiera imaginado que tantos tumbos y vueltas de campana tuvieran tan delicada confluencia en el tiempo y en el espacio. Ese canto y aquel baile, cuyos estilos en teoría son técnicamente incompatibles, se funden en un anárquico dulce caos pirotécnico, dándose la mano en un único canto y un único baile. En la retina se incrustan bellísimas fotografías, alimentadas por suspiros de pausa imposible, acompañadas de la única melodía capaz y sobre un fondo de lujo formado de paisajes, frutas, objetos y rostros; creando el más hermoso de los cuadros dentro de otro cuadro. Como broma creada por semejante fusión, en una de las obras de la pared el autor mira el espectáculo y ve todos los rostros, pareciendo adivinar que cada persona a la que pertenecen cree que es el único espectador.

En un instante estallan los aplausos y la imagen se evapora, pero no desaparece, penetra en la mente y se queda grabada a fuego, obligándose a si misma a no irse jamás.

La energía no se crea, ni se destruye, ni tampoco se transforma; se proyecta.

Transmitir algo que remueva los sentimientos en alguna dirección, no solo está al alcance de unos pocos, si no que no se puede hacer a conciencia.

Con el arte se nace, pero la magia se crea. No esa magia artificial de trucos sacados de una manga, si no la magia de verdad, la que no tiene mangas, la que se respira, la que se toca, la que se saborea, la que se oye, la que se ve, la que se siente en el corazón, se expande por cada milímetro del cuerpo, remueve el alma y hace que todo entre en ebullición.

Siempre había dicho que cualquier persona que dedica parte de su tiempo a crear arte para el disfrute ajeno, independientemente del resultado final, es digna de mi más sincera admiración simplemente por eso, por "dedicar parte de su tiempo a crear algo para el disfrute ajeno". Con lo vivido, la cita se hace añicos y, al volver a unir todos los trozos, se transforma quedando como sigue: Si creas arte para el disfrute ajeno, dedica parte de tu tiempo a buscar artistas dignos para uniros, independientemente de cómo pienses que puede ser el resultado final, porque es posible que éste te deje más que sinceramente admirado.

Desde la mota de polvo que soy en el espacio solo ruego una cosa para los que fuimos testigos y, sobre todo, por los que no pudieron asistir: que ese momento, aunque único, no sea irrepetible.

Gracias por ese instante mágico en el que todo se paró en el Universo y su punto de fuga se materializó tras una columna en un rincón de un edificio.

Dedicado a:
(Por orden alfabético)
Estrella García Varilla
Juan Manuel García Varilla
Susana Julián García


parawallo
17 de junio de 2008

lunes, 22 de septiembre de 2008

la bici y la lluvia



Llueve y todo se empapa de vida. El cielo se limpia. La tierra huele a dos meses de verano en el pueblo cuando ibas al cole. Las flores sonríen y su fragancia penetra sin quererlo. Las hojas de los árboles lloran de emoción y nos gritan que son verdes, que el gris no es su color. Los desagües de los canalones escupen tierra; luego polvo; luego agua; el agua; la agua; tan necesaria para vivir. Los pantanos abren sus ojos y extienden sus brazos, dando gracias y pidiendo que no pare hasta que sus estómagos queden totalmente saciados.

La lluvia también cae sobre los velociraptores metálicos, que se retuercen, gimen y expulsan su violencia, como si fuesen gremlis comiendo dentro de una bañera llena a las tres de la madrugada. Gritan, aullan, se pelean, se golpean, pierden por completo el control. Los habitantes de sus entrañas se vuelven locos por completo, rugen, cambian de color, se vuelven rojo brillante y los ojos les están a punto de saltar de sus órbitas. Los velociraptores han perdido adherencia, velocidad, confianza, monstruosidad; se vuelven vulnerables, accesibles, inseguros. Sus presas más preciadas, los homociclus-urbanitas, pasan a su lado sonriendo y saludando. El velociraptor observa impotente cómo se alejan más rápido que de costumbre, y lo más que puede hacer es patalear y berrear con su sonido agudo, insoportable y ensordecedor.

Adiós velociraptor, hoy se ha vuelto a escapar tu presa.

La lluvia; el agua; la agua; tan necesaria para vivir. A mi me da vida, alegría, felicidad. Disfruto de ella, disfruto con ella.

Santiaga, mi ciclus-galopantis, parece decirme: "gracias, mis tubulares lloran de alegría".

parawallo
17 de junio de 2008